por Pipo Fisherman 07-08-26
Hace apenas unos días escribíamos en este mismo espacio sobre una gestión que parecía llegar siempre después.
Después de la intoxicación.Después del robo.Después del accidente.Después del reclamo.
Una gestión reactiva.
Una administración que parecería especializarse más en resolver consecuencias que en evitar problemas.
Esta semana ocurrió algo distinto. O, tal vez, exactamente lo mismo. Sólo que en otro terreno.
Ya no se trató de administrar una crisis. Se trató de administrar la información.
El cambio de autoridades en la Estación de Policía Comunal no debería haber pasado de ser un acto institucional más.
Los periodistas fueron convocados.
Las cámaras también.
Todo parecía desarrollarse con absoluta normalidad.
Hasta que dejó de hacerlo.
Los trabajadores de prensa descubrieron, ya en la puerta de la Comisaría, que no podrían ingresar.
No habría entrevistas.
No habría fotografías propias.
No habría preguntas.
La cobertura quedaba en manos de la oficina de Prensa Municipal, encargada de distribuir posteriormente el comunicado oficial y las imágenes del acto.
La escena, por sí sola, resulta difícil de explicar.
Porque los periodistas no habían sido convocados para presenciar un procedimiento reservado.
Ni una investigación judicial.
Ni un operativo policial.
Habían sido invitados a cubrir un acto público.
Y terminaron aguardando en la vereda mientras otros decidían qué debía conocerse... y de qué manera.
La noticia dejó entonces de ser el cambio de autoridades.
La noticia pasó a ser otra.
No había periodistas haciendo periodismo. Había periodistas esperando un comunicado.
La diferencia parece pequeña.
No lo es.
Un comunicado informa aquello que una institución desea comunicar.
El periodismo intenta averiguar todo lo demás.
Y justamente allí aparece un detalle que vuelve aún más difícil comprender lo sucedido.
El nuevo jefe policial, Leonardo Varillas, llegaba a Coronel Pringles con antecedentes públicos perfectamente conocidos.
No antecedentes penales.
No condenas.
Antecedentes administrativos y profesionales que cualquier periodista serio habría considerado oportuno consultar.
Precisamente por eso resultaba importante que hubiera periodistas.
No para condenar al nuevo Comisario. Todo lo contrario.
Para preguntarle.
Porque el periodismo no administra condenas. Administra preguntas.
Leonardo Varillas llegaba a Coronel Pringles con un antecedente público que cualquiera podía consultar en pocos minutos.
En mayo de 2024 había sido apartado preventivamente de la conducción de la Comisaría Cuarta de Bahía Blanca mientras avanzaba una investigación que terminaría con la condena de quien entonces era su segundo jefe y, además, su cuñado, Martín Omar Ñancucheo.
La Justicia nunca imputó a Varillas. Y precisamente por eso su palabra tenía valor.
Explicar no es defenderse. Explicar es informar.
Pero para que exista una explicación primero tiene que existir alguien dispuesto a formular la pregunta.
Y eso fue exactamente lo que se evitó.
Hasta aquí el episodio ya resultaba suficientemente extraño.
Pero todavía faltaba otro detalle.
La mayoría de los medios locales entendió rápidamente cuál era la verdadera noticia.
No el cambio de autoridades.
El tratamiento que habían recibido quienes debían informar ese cambio.
Lo contaron.
Algunos incluso manifestaron públicamente su malestar.
Otros describieron con precisión cómo habían sido convocados para terminar esperando en la vereda mientras el material periodístico se elaboraba puertas adentro.
Y después estuvo el otro periodismo.
El que decidió que nada de eso había ocurrido.
El tradicional diario oficialista publicó exactamente aquello que había recibido.
El comunicado.Las fotografías oficiales. Los nombres.
Las declaraciones cuidadosamente seleccionadas.
Ni una línea sobre los periodistas que no pudieron ingresar.
Ni una palabra sobre la decisión de impedir preguntas.
Ni una sola referencia al hecho que el resto de la prensa habría considerado... la verdadera noticia.
Resulta difícil saber dónde termina el periodismo y dónde comienza la oficina de Prensa.
Tal vez ya ni siquiera importe.
Después de todo, reproducir un comunicado oficial jamás incomodó a ningún funcionario.
También hubo una ausencia cuidadosamente administrada.
Horas antes, el Intendente encontraba tiempo para entregar reconocimientos a estudiantes de intercambio, sonreír para las fotografías y ocupar el centro de otra cobertura institucional.
Horas después, en un acto atravesado por un tema especialmente sensible para la ciudad —la seguridad—, eligió que la representación política quedara en manos de otros. Una vez más, el Jefe de Gabinete y el Secretario de Gobierno y Seguridad debieron sonreír en fotos para las que, claramente, no estaban seguros si ameritaba sonreír.
Las agendas son personales.
Las prioridades, en cambio, siempre terminan siendo políticas. Tal vez todo haya sido una simple decisión organizativa.
Puede ser.
También puede ser casualidad que los periodistas no pudieran preguntar.
Puede ser casualidad que toda la información proviniera de una única fuente.
Puede ser casualidad que un medio decidiera omitir exactamente ese detalle.
Puede ser.
A veces las casualidades trabajan horas extras.
Lo que ya no parece casual es otra cosa.
Cada vez que aparece un tema potencialmente incómodo...alguien considera que lo más conveniente es no responder.
Es administrar el escenario.
Las fotografías oficiales salieron impecables.
El comunicado llegó prolijamente redactado.
El protocolo se cumplió sin fisuras.
En definitiva, nadie impidió que la noticia se publicara.
Sólo se ocuparon de decidir... cuál.